Terminábamos nuestra anterior entrada planteando que el modelo de convivencia social basado en los principios de la teoría política liberal había demostrado ser menos sólido de lo que suponían las posturas optimistas que se consolidaron tras la caída del muro de Berlín.

El impresionante desarrollo económico experimentado durante las décadas finales del siglo XX permitió mantener oculta toda una serie de conflictos y tensiones sociales internas que, de otra manera, hubieran servido para cuestionar el modelo de convivencia social existente. Gracias a la continua inyección de recursos en la forma de ayudas, subsidios, etc., se lograba mantener en pie la ficción de que el pacto social que había dado origen a la sociedad de posguerra seguía funcionando.

Este pacto representaba un Estado del bienestar que se encargaba de mantener la desigualdad bajo control y ayudar a aquellas personas que hubieran tenido algún percance, evitando su caída en una condición marginal.

El mayor beneficiado de esta estructura no era necesariamente la ciudadanía, sino el sistema político. Que obtenía gran parte de su legitimidad (el reconocimiento por parte de la población) gracias al funcionamiento del Estado del Bienestar.

Al disminuir o desaparecer esta sensación de prosperidad, se hizo difícil mantener acalladas las tensiones sociales y se volvieron evidentes las problemáticas preexistentes. No era de extrañar, por tanto, que la legitimidad de los sistemas políticos y las estructuras institucionales en las que se concretan también haya experimentado dificultades. Para la reflexión que nos ocupa, esta situación la podemos denominar como la crisis de las poliarquías.

Poliarquía: definición, evolución y origen

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, los principios teóricos del liberalismo clásico (en las vertientes de Locke y Hume) y del republicanismo inspirado en la Revolución francesa (incluida la idea del contrato social de Rousseau y el principio de separación de poderes de Montesquieu) se combinaron con las estructuras de gobierno representativo sobre las que habían teorizado John Stuart Mill y Alexis de Tocqueville; para dar lugar a un modelo de organización política basado en la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones que afectaran a la sociedad en su conjunto.

Con la particularidad de que este modelo sería igualmente efectivo para territorios de gran extensión, múltiples diferencias culturales internas y una ciudadanía de gran tamaño.

Aunque se quiso presentar este modelo de convivencia como una evolución derivada a partir de la democracia ateniense clásica, la realidad era que la complejidad y heterogeneidad de las sociedades modernas eran muy superiores a la que hubiera podido alcanzarse en el siglo V a.C., razón por la que denominar a este nuevo modelo político con el nombre “Democracia” resultaba algo cuanto menos teóricamente sujeto a discusión.

Pese a esta posible objeción teórica, esta nueva forma de organización y funcionamiento de los sistemas políticos se denominó, y ha pasado a la historia, como democracias liberales. Derivando el adjetivo liberal del hecho de hacer suyos, como elementos fundamentales, los principios, supuestos y valores de la teoría política liberal, presentados extensamente en nuestra anterior entrada.

Recuperando el término que usa uno de los mayores pensadores políticos del siglo XX, el politólogo Robert A. Dahl, la denominación correcta para estos sistemas es la de poliarquía. De manera más específica, “poliarquías liberales”, debido a su adscripción a los principios de la teoría política liberal.

El concepto de poliarquía se usa para describir un sistema político en el que existe una situación de competencia real entre diferentes partidos políticos. Los cuales se enfrentan de manera regular en un escenario preestablecido,  para dirimir cuál de ellos ejercerá el gobierno y, por tanto, el poder político.

El politólogo Robert A. Dahl es uno de los mejores conocedores de este modelo, al que dedica una parte importante de la reflexión que desarrolla en el libro La democracia y sus críticos. Dahl, quien a través de su obra hace una conceptualización de los sistemas democráticos modernos como la manifestación práctica y operativa de la filosofía política liberal clásica, se guarda de considerar a estas poliarquías de las décadas 1960-1970 como sistemas verdaderamente democráticos.

Para este autor, las poliarquías eran una fase previa al establecimiento de las democracias plenas, en las que podíamos apreciar las principales características de este sistema político en el aspecto formal: las libertades básicas, separación institucional, multiplicidad de partidos políticos, un sistema de competición electoral definido por reglas y relativamente imparcial.

Pese a todas estas características, las poliarquías no llegaban a considerarse sistemas democráticos plenos debido a que resultaba necesaria la concurrencia de otro tipo de factores. En concreto, requerían un tipo de legitimidad mucho más fuerte que la meramente procedimental (“el hecho de que funcionaran”), el emotivo (“que me guste”), el tradicional (“siempre ha sido así”) o el de la conveniencia (“las cosas van bien de esta manera”), que permitiera sostener que un sistema de este tipo era per se superior a uno alternativo y, por tanto, preferible.

Aunque dedicó gran parte de su impresionante reflexión a descubrir este principio de “legitimidad fuerte”, Dahl no fue capaz de enunciarlo en su obra. De hecho, una de sus últimas publicaciones, titulada ¿Es democrática la Constitución de los Estados Unidos? (2003), muestra que el constitucionalismo norteamericano no es el adalid de las democracias modernas, sino que en él se pueden encontrar elementos antidemocráticos que invitan a cuestionarse la legitimidad que pueda surgir de él.

En fin, sin este principio de “legitimidad fuerte”, las poliarquías reales optaron por consolidarse alrededor de alguno de los principios de “legitimidad parcial” (varios de los cuales han sido enunciados arriba), pretendiendo que esta legitimidad política podía esgrimirse con independencia de la realidad social.  Algo que en décadas posteriores se ha demostrado erróneo y que en la actualidad ha resultado más que evidente, como señalamos al principio de esta entrada.

 

 

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