De la hegemonía al riesgo de colapso
En la anterior entrada de esta serie pudimos entender mejor qué es la Teoría Política, cuáles son los elementos que la componen y cómo influye en el desarrollo de la convivencia social. También fue posible apreciar la forma en que todos estos factores, en principio abstractos, se articulaban de forma concreta en los que podíamos denominar Teoría Política Liberal.
A lo largo de diferentes entradas de este blog, no todas ellas integradas dentro de esta serie de reflexiones, se ha ilustrado la manera en que esta suerte de cosmovisión de la vida social y política que se articula en torno a una Teoría Política especifica, normalmente entra en conflicto con las que se conforman en base a otras teorías diferentes. Conflictos que son más que evidentes a lo largo de la historia de nuestras sociedades, cuyas manifestaciones tienen diferentes grados y nivel de intensidad.
Durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX, aproximadamente desde 1945 hasta 1989, fuimos testigos de la lucha encarnizada entre dos teorías políticas que buscaban alcanzar una posición de dominio sobre la otra.
De un lado, la que podríamos llamar Teoría Política, que promovían la mayoría de los países del hemisferio occidental, teniendo como base el sistema económico capitalista y un modelo políticamente competitivo basado en la pluralidad de partidos políticos. Del otro lado, nos encontramos con una Teoría Política comunista, que era el modelo que prevalecía en los países de la órbita soviética, que planteaba un sistema económico comunista y un modelo político que no era ni competitivo ni pluralista.
El enfrentamiento continuo entre ambas propuestas teórico-políticas, que adquirió diferentes formas, niveles de intensidad, mecanismos de acción, etc., fue lo que definió el fenómeno histórico conocido como Guerra Fría. Conflicto que culminó con la victoria del modelo promovido por la Teoría Política Liberal, que se hizo evidente tras la caída del Muro de Berlín (1989) y el posterior colapso de la URSS (1991).
Este colapso de la órbita soviética resultó especialmente significativo por su carácter multidimensional. Fue un colapso en lo económico, porque se demostró que el modelo de producción capitalista era mejor que el comunista; en la arquitectura institucional, porque las instituciones occidentales demostraron mayor resiliencia antes las tensiones internas; en lo político, consolidando la aceptación de los regímenes pluralistas, e incluso en el ámbito cultural, elevando la forma de ser occidental a la categoría de criterio para medir el grado de desarrollo de una sociedad.
Debido a esta situación, la década final del siglo XX estuvo marcada por un gran optimismo respecto a la capacidad de la Teoría Política Liberal para diseñar el futuro de la humanidad. Optimismo que plasmó el politólogo norteamericano Francis Fukuyama en su archiconocido libro El fin de la historia y el último hombre (1992). Desde el que se planteaba el advenimiento de una nueva ápoca en la historia de la humanidad, que estuviera dirigida por las instituciones, principios y valores propios de la Teoría Política Liberal.
Debido a esta situación, la década final del siglo XX estuvo marcada por el optimismo respecto a la capacidad de la Teoría Política Liberal para diseñar el futuro de la humanidad. Optimismo que plasmó el politólogo norteamericano Francis Fukuyama en su archiconocido libro El fin de la historia y el último hombre (1992). Desde el que se planteaba el advenimiento de una nueva época en la historia de la humanidad, que estuviera dirigida por las instituciones, principios y valores propios de la Teoría Política Liberal.
Desde la óptica de Fukuyama esta nueva época estaría marcada por la libertad individual, la globalización económica y la democratización de los sistemas políticas. Dando lugar a un progreso sostenido en el tiempo, tanto en términos económicos, culturales, institucionales, políticos, sociales, etc. Lo que marcaría la plena realización de la promesa de progreso que había hecho la Ilustración en el siglo XVIII.
Sobre este optimismo se estableció una hegemonía de la Teoría Política Liberal que creó la falsa impresión de que el futuro de la humanidad solo podía ser el descrito por Fukuyama, pues no había ninguna alternativa viable en la que pudieran confluir la eficacia del modelo económico, la legitimidad del sistema político y el bienestar de la sociedad.
No resultaba fácil predecir que solo tres décadas tras la consolidación de esta hegemonía, la Teoría Política Liberal estaría inmersa en una profunda crisis capaz de poner en peligro su propia supervivencia. Precisamente la situación que experimenta en la segunda década del siglo XXI y que, de una forma en cierta manera irónica, llevó al mismo Francis Fukuyama a escribir un libro titulado El liberalismo y sus desencantados (2022), con un tono menos optimista.
Incluso en las fases tempranas de esta hegemonía de la Teoría Política Liberal, hubo planteamientos que invitaban a una postura critica frente a ese idea. Fue el caso de otro politólogo norteamericano Samuel P. Huntington, quien en su libro El choque de civilizaciones (1996) plantea una visión del futuro mundial distinta de la que había presentado Fukuyama pocos años antes.
El colapso soviético, considera Huntington, no conduciría al desarrollo de una sociedad globalizada, regida por instituciones democráticas, el libre intercambio económico capitalista y los valores liberales. Sino que facilitaría la emergencia de nuevos antagonistas al modelo propuesto por la Teoría Política Liberal, surgidos a partir de una serie de identidades culturales que les permitían autopercibirse como entidades civilizatorias independientes (civilizaciones diferentes) que recelaban del globalismo existente.
Desde el punto de vista de estas identidades civilizatorias, la única postura aceptada en el terreno global era la de confrontar la dinámica globalista restableciendo las áreas de influencia que históricamente habían pertenecido al núcleo cultural del que extraían la identidad que aglutinaba a sus miembros. Proceso que de forma inexorable los conduciría a un enfrentamiento, tanto con la civilización occidental como con otras identidades civilizatorias que irían consolidándose en el proceso.
Huntington presenta un escenario más complejo, incierto e inestable donde la Teoría Política Liberal no ocupa un papel central. La reinterpreta en términos culturales, como un elemento propio de la forma de vida occidental que no necesariamente es compatible con la forma de vida o con la cultura de otras identidades civilizatorias. Pues cada uno de estos grupos es inconmensurable respecto a los otros.
Las civilizaciones que plantea Huntington son grupos cerrados, desde el punto de vista de su identidad cultural, que son bastante impermeables a lo que llegue del exterior, por lo que resulta bastante improbable que lleguen a asumir de una forma relativamente armónica y rápida elementos externos que puedan entrar en conflicto o cuestionar la base de su identidad. Aunque el ejemplo con el que trabajo Huntington es el conflicto entre las civilizaciones occidentales y las musulmanas, el planteamiento supera estos ejemplos concretos.
En un texto posterior, ¿Quiénes somos? (2002), Huntington lleva este diagnóstico un paso más allá al cuestionarse sobre la verdadera capacidad que tiene la Teoría Política Liberal para responder a los desafíos derivados de la coexistencia de diversas identidades culturales dentro del mismo sistema político.
Con una serie de argumentos y reflexiones bastante cuestionables, pero no por ello menos relevantes, este libro sostiene que las estructuras formales y procedimentales propias del modelo democrático liberal no serían capaces de gestionar adecuadamente un escenario en el que se diera un enfrentamiento entre identidades culturales.
En conclusión, el modelo de convivencia social y política planteado por la Teoría Política Liberal no era tan sólido como se creía y, de hecho, resultaba perfectamente razonable que se viera inmerso en una crisis importante.


