Las dos entradas anteriores de esta serie mostraron las profundas transformaciones que habían experimentado las sociedades occidentales durante el periodo comprendido entre las décadas finales del siglo XX y la primera etapa del siglo XXI. Transformaciones que se daban en diferentes ámbitos de la sociedad, de forma simultánea y, en la mayoría de los casos, fuertemente interrelacionadas.

Tras apreciar y estudiar la naturaleza de esos cambios en los ámbitos cultural, económico, político y social, surge de manera obligada la pregunta acerca de la forma en que dichas transformaciones se manifiestan en lo referente a la naturaleza humana. No podemos olvidar que la modernidad tuvo como uno de sus elementos fundamentales la definición, según algunos autores más bien el diseño, de un modelo de sujeto adecuado para esta nueva época que se estaba constituyendo.

En otras palabras, el sujeto se convirtió en el elemento central del proceso llevado a cabo por la modernidad. En cierta medida, a partir de él se definen el resto de los elementos que caracterizan la modernidad, en sus diferentes dimensiones.

Aspecto especialmente relevante para nuestro asunto de reflexión: la crisis que experimentan actualmente los sistemas políticos democráticos de tipo liberal. Esto se debe a que precisamente esta definición moderna del sujeto, a la que también hemos hecho referencia en anteriores entradas, es la que sustenta de una u otra manera la teoría política liberal y los sistemas políticos democráticos coherentes con ella. En gran medida, la crisis política actual puede interpretarse como una crisis de la ciudadanía y, de forma más concreta, una crisis del sujeto político en la posmodernidad.

Crisis y deconstrucción del sujeto político de la modernidad

Mientras la modernidad occidental, desde sus orígenes en el siglo XV hasta mediados del siglo XX, se presenta como la trayectoria de un tipo específico de sujeto (de naturaleza aislada, racional y orientado hacia el dominio de su entorno) desde el momento de su génesis hasta su consolidación mediante el pleno control de la naturaleza a través de la ciencia, el pensamiento y la tecnología. En una trayectoria que se nos presenta como ascendente y lineal.

Por el contrario, el pensamiento posmoderno enfoca su mirada en los aspectos menos visibles de este proceso, sacando a la luz sus contradicciones, paradojas y problemáticas. Demostrando que ha sido un camino repleto de altibajos, más que de ascenso constante, y que cada uno de los aspectos positivos que se puedan mencionar está acompañado de una serie de contraprestaciones.

Lo que desde su punto de vista permite entender por qué, a partir de la década de 1960, Occidente entra en una dinámica de declive de la que no parece poder salir y, lo que puede resultar más inquietante, no parece tener conciencia. Hasta que, en la segunda década del siglo XXI, estos elementos confluyen para dar lugar a la crisis general de la que hemos estado hablando en anteriores entradas.

Este enfoque crítico fue ampliamente desarrollado por el filósofo francés Jacques Derrida, quien lo aplicó a las diferentes dimensiones de la realidad. Dentro de la que se incluye el conocimiento, el lenguaje, la política y la sociedad. Contrario a lo que se cree habitualmente, Derrida no defendía o planteaba un relativismo extremo ni negaba la existencia de una Verdad. Simplemente nos invitaba a cuestionarnos por la solidez de aquello que considerábamos correcto (ética), justo (política) o verdadero (pensamiento). La deconstrucción no era simplemente destrucción, como desafortunadamente se ha interpretado posteriormente, sino una revisión crítica de los fundamentos del elemento que se estuviera estudiando con base en preguntas del tipo: ¿Cómo se origina?, ¿cuándo surge?, ¿qué implica?, ¿qué consecuencias genera?, etc.

Lo que planteaba Derrida es que, a medida que se fueran respondiendo estas preguntas, descubriríamos que la sociedad tiene un grado de complejidad mucho mayor que el imaginado previamente, que la base sobre la que se sustentaban algunas de nuestras presunciones más importantes era más endeble de lo que imaginábamos y que no teníamos soluciones sencillas a los desafíos que nos planteaba esa realidad.

No profundizaremos aquí en el pensamiento de Jacques Derrida, pese a lo interesante que podría llegar a ser, sin señalar la importancia que tiene este aporte suyo a la hora de comprender la situación que experimenta actualmente el sujeto.

Precisamente, al aproximarnos a la naturaleza humana desde un punto de vista crítico, podemos comprender la ficción que erigió el pensamiento moderno en torno a él. Pues a medida que se profundiza en la naturaleza humana, comprendemos que, pese a todos sus esfuerzos por evitarlo, la razón termina subordinada a elementos irracionales (los deseos o los instintos); comprobamos igualmente que esa pretensión de individualidad no se corresponde con su naturaleza y que el haber alcanzado una posición dominante en la naturaleza le plantea una serie de problemas a los que no está siendo capaz de responder.

En concreto, volviendo a tomar como referencia lo expuesto en las dos entradas anteriores. Desde el punto de vista del sujeto, las sociedades posmodernas (tardomodernas) experimentan una profunda crisis marcada por el fracaso de la autorrealización personal, una idea que se deriva de la concepción moderna del individuo que durante las últimas tres décadas ha experimentado su mayor grado de protagonismo, precisamente gracias al auge del individualismo que alimentó el éxito de la teoría política liberal.

El individuo posmoderno, desarraigado de los elementos éticos y sociales que daban significado a su vida, se orientó a la satisfacción de su autorrealización. Apuntando hacia un estándar de vida que le permitiera vivir bien y experimentando continuamente emociones positivas, en el marco del proceso de crecimiento continuo que prometía la teoría política liberal de finales del siglo XX.

El individuo posmoderno, desarraigado de los elementos éticos y sociales que daban significado a su vida, se orientó a la satisfacción de su autorrealización. Apuntando hacia un estándar de vida que le permitiera vivir bien y experimentando continuamente emociones positivas, en el marco del proceso de crecimiento continuo que prometía la teoría política liberal de finales del siglo XX.

A diferencia del individuo moderno, que orientaba sus actuaciones a partir de un sistema de valores y que podía desarrollar cierta voluntad de sacrificio al ser consciente de que pertenecía a una colectividad (familia, colectividad, sociedad, etc.) que en algún momento podía pedirle que antepusiera el interés general al particular. El individuo posmoderno tenía una relación más relajada con su sistema de valores, pudiendo llegar incluso a los extremos que plantea la sentencia erróneamente atribuida a Groucho Marx: «Estos son mis principios, pero si no les gustan, tengo otros», y al no identificarse como miembro de un colectivo, se queda sin las guías que orientan su actuación.

Vacío que viene a ser rellenado por la idea de autorrealización personal.

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