La anterior entrada de esta serie puso de manifiesto las dificultades que tenían los sistemas políticos democráticos de finales del siglo XX, a los que técnicamente sería más adecuado denominar poliarquías, para defender su posición como sistema político de carácter preferible a otros modelos de organización política. Aspecto que fue sucesivamente soslayado por una concatenación de acontecimientos dentro de los que, grosso modo, se destacaba la caída de la Unión Soviética, el desmoronamiento del orden socialista y el auge de la globalización económica que resultó tan popular durante el cambio de siglo.

Partiendo del análisis realizado por el politólogo norteamericano Robert A. Dahl al respecto, se podía deducir que las poliarquías liberales fiaban su principio de legitimidad a factores como el crecimiento económico, la eficacia procedimental o la aparente conveniencia de sus desarrollos. Dando por supuesto que la legitimidad en un régimen de este tipo era superior a cualquier modelo alternativo. Sin entrar a valorar esta presunción, lo que queremos rescatar de esta situación es que la legitimidad de este tipo de sistemas se daba de antemano y, por tanto, no había el más mínimo interés teórico en reflexionar respecto al buen desarrollo de las mismas.

De esta manera se obvió el riesgo de que, en condiciones menos favorables o directamente malas, los sistemas políticos poliárquicos no serían capaces de responder adecuadamente a los desafíos que surgieran en ese nuevo escenario y podría llegar a considerarse que era preferible organizar la convivencia y la toma de decisiones que afecten a la vida colectiva, con base en otro modelo alternativo.

Este punto fue un gran agujero negro, presente en la Teoría Política durante la segunda mitad del siglo XX.

Como suele pasar con el estudio de este tipo de fenómenos, resultaba necesario contar con la distancia del tiempo para comprobar la calidad de estas reflexiones. Efectivamente, fue necesario que transcurrieran un par de décadas para que la evolución de la dinámica política fuera consolidando aquellas indicaciones. Sobre las cuales se ha construido la crisis de la poliarquías en las que vivimos actualmente.

Un proceso que se encuentra fuertemente conectado con una transformación social de gran calado, pero paradójicamente, de la que no somos plenamente conscientes: el paso de la sociedad nivelada y bastante estandarizada, que caracterizó a la modernidad industrial, a una sociedad más enfocada a la hiperindividualización y a la vivencia de experiencias singulares, que caracteriza a la posmodernidad.

De la Modernidad a la posmodernidad: Más que un cambio de época

Resulta conveniente empezar abordando el concepto de posmodernidad. Término que no resulta fácil de entender, y mucho menos de explicar, debido a su gran carga semántica y a una amplia complejidad teórica que amenaza con extraviarnos en un bosque de ideas en el que no resultaría sencillo encontrar referencias para orientarnos y valorar aquellos elementos determinantes.

Aunque la primera mención del concepto “posmodernidad” la encontramos en Estudio de la Historia, monumental obra del historiador británico Arnold Toynbee, esta primera definición tiene diferencias significativas con nuestra comprensión actual de la misma. Toynbee circunscribió el uso del término “posmodernidad” o “era posmoderna” a delimitar un periodo de tiempo específico. Es decir, lo formuló desde el punto de vista técnico de un historiador.

En contraste con esto, nuestra aproximación actual a tal concepto proviene de la filosofía. En concreto, de lo expuesto por el filósofo francés Jean-François Lyotard en su libro La condición posmoderna (1979), obra en la que enumeró sus principales características. Conveniente destacar que, para este autor, la posmodernidad no podía ser entendida solamente como un momento histórico o una época específica, sino que era un estado de la cultura en la que se vivía, una forma de relacionarnos con la realidad que nos rodeaba y una manera de posicionarnos frente a ella.

De ahí el título del libro La condición postmoderna: Informe sobre el saber (en francés, La condition postmoderne: rapport sur le savoir), traslada la reflexión desde un ámbito puramente histórico para reposicionarla en el campo del conocimiento, la cultura, los diferentes tipos del saber. Enfoque que, a nuestro modo de entender, aporta una mayor profundidad que el meramente histórico, al plantear una serie de características que ayudaban a dibujar las sociedades correspondientes a esa nueva etapa, dentro de las que se destacan:

  • El fin de los metarrelatos universalistas. Mientras la modernidad se constituyó sobre grandes propuestas teóricas que buscaban dar sentido a la historia de la humanidad y señalar su futuro, como la idea del progreso, la confianza en la emancipación del ser humano mediante la razón, sistemas filosóficos que comprendían todas las dimensiones de la realidad (Kant, Hegel, etc.), planteamientos teórico-políticos (liberalismo, marxismo, socialismo, etc.), la posmodernidad profundiza críticamente en su naturaleza para descubrir que son simples narrativas, o “metarrelatos”, con los que se ha pretendido dirigir la dinámica de vida humana. Una suerte de “ficciones teóricas” que de una u otra manera prometían alcanzar un estado de desarrollo superior, con un fuerte componente utópico, que a finales de la década de 1970 había demostrado haber fracasado. Razón por la cual la posmodernidad se caracteriza por una fuerte desconfianza hacia cualquier discurso o propuestas de este tipo.

  • Reivindicación de los relatos locales y parciales. Tras el fracaso de las teorías universalistas, esos grandes metarrelatos producidos por la modernidad, se aprecia la existencia de una multiplicidad de planteamientos de un carácter más local, acotado a comunidades concretas y colectivos específicos. Los cuales no contaban con vocación universalista, no pretendían dar lugar a grandes teorías que busquen explicar la totalidad de la realidad. Lo que dio lugar al surgimiento de autopercepciones parciales que tienden a construir una realidad aislada, de carácter autorreferente, que tienden a operar de forma aislada con respecto a las otras.

  • Declive de la legitimidad.  Mientras la Modernidad apostaba por principios de legitimidad de carácter universalista, como pueden ser las ideas de Justicia y Verdad, en la posmodernidad la legitimidad se sustenta por cierto tipo de performatividad (a lo que hemos denominado previamente legitimidad débil), basada en cosas tales como la eficacia, la rentabilidad, la utilidad, etc. Abriendo la puerta a problemas que hemos señalado más arriba.

  • Mercantilización del saber. En la posmodernidad, el conocimiento había dejado de ser un fin en sí mismo o una herramienta al servicio de los seres humanos para alcanzar la libertad o el progreso, como se pensaba en la Modernidad; pasa a convertirse en una mercancía que puede ser de utilidad para el mercado.

  • Desaparece la idea de un bien común, reemplazada por una pluralidad de ideas de bienes, asociadas a los colectivos locales. Lo que termina conduciendo a una situación de tipo eclético o de relativismo axiológico.

  • Sociedad fragmentada. La sociedad pierde su carácter estructurado y pasa a tener una naturaleza más fragmentada, derivada de aspectos culturales, económicos, identitarios, etc. No estamos hablando de diferentes posturas dentro de una estructura establecida, de las que todos se identifican como miembros. Sino que las sociedades se convierten en una mera sumatoria, no necesariamente coordinada o integrada, de realidades locales que reclaman su independencia funcional, no necesariamente están abiertas a otras realidades existentes y se conciben de forma autorreferente. Proceso que conduce a que cada una de estas realidades se vaya aislando sobre sí misma, avanzando en un proceso de singularización que las termine de encerrar sobre sí mismas.

  • Consenso de relativismo. Al desaparecer o perder su fuerza operativa las grandes teorías de la Modernidad, fue necesario establecer una nueva forma de fundamentación para los elementos que permitían la convivencia social y la acción colectiva. Conviene recordar aquí que muchos de tales metarrelatos surgen dentro de un proceso histórico con el objetivo de superar las situaciones de caos asociadas con el denominado “estado de naturaleza”, algo de lo que también hemos hablado previamente. Pero mientras la Modernidad apostó por principios absolutos, como la Justicia, el Progreso o la Verdad, para llevar a cabo esta construcción, la posmodernidad rechaza estos elementos y se ve obligada a proponer otros alternativos, sin saber muy bien de dónde sacarlos. En esa tesitura, solo acierta a formular cierto tipo de consenso que sea de carácter discursivo, que no dependa de la razón ilustrada y no se sustente en los criterios universalistas.

Finalmente, el retrato que hace Lyotard  presenta la posmodernidad como el momento cultural, histórico y social en el que colapsan las pretensiones universalistas sobre las que se había construido el proyecto de la Modernidad y todo se vuelve más inestable, dando origen a múltiples identidades que no se conforman con formar parte de un entramado, sino que se orientan hacia la reivindicación de su singularidad. Siendo esta la génesis de la deriva que nos ha conducido a la situación actual, en cuyos detalles profundizaremos a lo largo de nuestra próxima entrega.

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