Las dos entradas anteriores de esta serie mostraron las profundas transformaciones que habían experimentado las sociedades occidentales durante el periodo comprendido entre las décadas finales del siglo XX y la primera etapa del siglo XXI. Transformaciones que se daban en diferentes ámbitos de la sociedad, de forma simultánea y, en la mayoría de los casos, fuertemente interrelacionadas.

Tras apreciar y estudiar la naturaleza de esos cambios en los ámbitos cultural, económico, político y social, surge de manera obligada la pregunta acerca de la forma en que dichas transformaciones se manifiestan en lo referente a la naturaleza humana. No podemos olvidar que la modernidad tuvo como uno de sus elementos fundamentales la definición, según algunos autores más bien el diseño, de un modelo de sujeto en sincronía con su ambiciosa propuesta.

Aspecto que resulta especialmente relevante en nuestro tema de reflexión, la crisis que experimentan actualmente los sistemas políticos democráticos de orden liberal, debido a que precisamente esta definición moderna del sujeto, a la que también hemos hecho referencia en anteriores entradas de esta serie, es la que sustenta de una u otra manera la teoría política liberal y los sistemas políticos democráticos coherentes con ella.

En gran medida, la crisis política actual puede interpretarse como una crisis de la ciudadanía y, de forma más concreta, una crisis del sujeto político posmoderno. Que no se relaciona con su dimensión política de la forma en que lo hacía su contraparte moderna.

La dialéctica de las crisis política 

Recuperando algunas ideas planteadas en nuestra anterior entrada,  un paradigma político tiene un ciclo de vida que comienza con su ascenso, en el que ayuda a encontrar la solución a un problema social; gracias a este éxito se consolida hasta adquirir la condición hegemónica, implementando los diferentes aspectos comprendidos dentro de su propuesta de acción general. Para, finalmente, entrar en crisis y ser reemplazado por un nuevo paradigma debido a que no puede solucionar una serie de nuevas problemáticas sociales, generalmente derivadas de la implementación sin restricciones de su propio programa político.

Haciendo un recorrido por la historia de los sistemas políticos modernos, Reckwitz plantea que los diferentes paradigmas políticos que habían llegado a ser hegemónicos durante la Modernidad podían agruparse en dos grandes familias.

  • Paradigmas reguladores. Según los cuales los problemas de la sociedad tenían su origen en la falta de una participación activa en la dirección del funcionamiento de la sociedad por parte de las instituciones políticas. Desde este enfoque, dicha falta de participación repercute en la ausencia de una adecuada regulación que oriente el funcionamiento de la dinámica social. Por ello, sus propuestas de solución se orientan al aumento de la coordinación, de la legislación y la coordinación. La socialdemocracia, en cualquiera de sus diferentes vertientes, constituye el mejor ejemplo de este tipo de enfoques.
  • Paradigmas dinamizadores. Para estos enfoques, los problemas sociales tienen su origen en el exceso de legislación, procedimientos y regulación por parte del ámbito político. Desde su punto de vista, todos estos elementos hacían más farragoso el funcionamiento de la dinámica social, lesionando su competitividad en términos económicos y su capacidad para reaccionar a los desafíos que le imponía una realidad compleja. Frente a esta situación, la propuesta de estos modelos es la de reducir el tamaño de las instituciones y aligerar la regulación que pueda afectar la eficacia de los procesos sociales.  Siendo el neoliberalismo el ejemplo más claro de este tipo de modelos.

La conclusión a la que llega este análisis es que, en la segunda década del siglo XXI, el paradigma político que había sido hegemónico las décadas anteriores, al que se denomina “liberalismo aperturista”, empieza a colapsar. Esto se debe a que no es capaz de responder a la compleja crisis que experimentan las sociedades en aquel momento. Situación que adquiere, en la actualidad, la naturaleza de una crisis general de la posmodernidad (tardomodernidad) que planteaba tres retos a cualquier nuevo paradigma político ascendente que aspire a ser hegemónico.

Pérdida de la singularidad: hacia una sociología de la crisis en la tardomodernidad.

El individuo posmoderno se orienta a buscar su autorrealización, solo quiere vivir bien y llega un momento en el que no es capaz de gestionar bien la frustración. Se encuentra casi todo enfocado hacia la satisfacción de emociones positivas.

En él se puede apreciar la pérdida del compromiso colectivo y el abandono de la voluntad de sacrificio que ha caracterizado al individuo de mediados del siglo XX, generando una espiral de desilusión de la que no es posible escapar y ante la que los planteamientos y propuestas teóricas no se muestran eficaces a la hora de responderles. Cerrando el ciclo de crisis que marca la posmodernidad.

Elementos que configuran una crisis del individuo a la que no se puede responder desde el ámbito de la política. Poniendo de manifiesto sus limitaciones y cuestionando su capacidad para seguir siendo el elemento central dentro de las sociedades del presente y del futuro.

Reafirmando una idea que ha estado presente durante toda esta investigación: la de la necesidad de aprender a convivir con la incertidumbre.