Historia y Emergencia de la Teoría política
Como se había podido vislumbrar en nuestra anterior entrada, la emergencia del concepto de Teoría Política y su desarrollo como disciplina de estudio acerca de aquello que podría denominarse “el fenómeno político” es uno de los puntos que marca el final de la Edad Media y anticipa la nueva era definida por la Modernidad.
Esto no excluye que en anteriores épocas históricas, como en la Antigüedad Clásica o en la misma Edad Media, se puedan identificar planteamientos que tengan un parecido relevante con lo que actualmente denominamos Teoría Política. Como ampliamente conocido, los procesos históricos son complejos, fluidos y rara vez obedecen a un camino lineal
Podríamos pretender, con cierta lógica, remontar el origen de la teoría política a la República de Platón. Texto en el que se propone la constitución de un sistema político concreto, partiendo de una serie de principios axiológicos (valores morales), que sustentan una serie de instituciones, establece una organización para su funcionamiento y una dinámica de coordinación entre dichas instancias. Dando como resultado el establecimiento de un modelo de gobierno concreto y que tiene potencial de aplicación en la realidad.
No obstante, resulta difícil establecer si lo planteado en esta obra es una propuesta concreta para desarrollar en la realidad, o se mantiene en el ámbito de la especulación teórica que bien puede desarrollarse sin la referencia obligatoria a un desarrollo práctico concreto.
Si nos aproximamos al pensamiento de Aristóteles, el otro referente de la filosofía antigua, su obra relativa a este campo, la Política, es un catálogo descriptivo y sistematizado de las formas de gobierno conocidas hasta el momento, en la que se hacía una recapitulación y comprensión de los elementos estructurales y de funcionamiento de cada uno de ellos. Pero al ser muy descriptiva, tampoco encontramos en ella alguna reflexión de tipo normativo que nos permita definirla como un antecedente para la Teoría Política
Tampoco podríamos encontrar, desde nuestro punto de vista, ese antecedente de lo que hemos denominado Teoría Política en la obra de San Agustín, La ciudad de Dios. Pese a que en ella se pueden apreciar ideas y planteamientos similares a los presentes en dicho campo del conocimiento. Si bien hay un reconocimiento de los elementos prácticos, concretos. La visión normativa que sostiene se construye a partir de la moral cristiana, no desde la lógica interna del ejercicio de la política. Por tanto, se enfoca más a invitar a hacer el bien que a preocuparse por el diseño de instituciones que puedan dirigir el comportamiento colectivo de las personas
En realidad, tenemos que esperar hasta la obra de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) para poder apreciar un planteamiento en el que están presentes de manera orgánica todas estas características, que configuran la Teoría Política como disciplina de estudio. Pudiendo considerarse El príncipe como la reflexión que la inaugura
El punto central del pensamiento de Maquiavelo reside en haber desligado la política de la religión cristiana, generando la necesidad de configurar esa dimensión normativa (la relativa al “deber ser”) de manera autónoma y solo condicionada por las dinámicas internas de la vida política.
Maquiavelo rompe con la tradición previa de pensamiento político planteando, en El Príncipe, que el funcionamiento de la política está marcado por una racionalidad estratégica en la que prima tanto la supervivencia como la consecución del poder. Visión planteada, por supuesto, desde la óptica del gobernante.
Desde el punto de vista realista que propone Maquiavelo, en aras de conseguir el poder y lograr conservarlo, el príncipe (el gobernante, el gobierno) obedecería solamente a principios estratégicos y muy pragmáticos; sin preocuparse porque estos entren en conflicto con las consideraciones éticas que podrían afectar a este comportamiento.
Por lo tanto, el gobernante debe estar dispuesto a funcionar en un escenario ajeno a la ética y a la moralidad. Sentando con estas conclusiones las bases de la formulación moderna de la razón de Estado.
Maquiavelo, contrario a la leyenda negra que se ha ido construyendo alrededor de su figura, no puede ser entendido como un ferviente defensor o promotor del cinismo o inmoralidad en el ejercicio de la política. Su planteamiento desde la teoría política viene a decir que el ejercicio del poder dentro de un sistema político trae aparejada la disposición a realizar una serie de actuaciones que podrían ser objeto de censura por criterios éticos o morales. Pero no hay en él un planteamiento de adscripción firme o legitimación de esta idea.
En resumen, Maquiavelo no nos presenta una visión utópica del funcionamiento de la dinámica política. Nos ofrece una visión realista de como funciona y de lo que debemos hacer si queremos tener éxito en la consecución del poder. Pretende ser un observador objetivo de un fenómeno, a la manera en que un científico estudia los hábitos de un manada de leones.
Llega a ser tan importante esta pretensión de observar asépticamente la realidad política de su tiempo, que Maquiavelo es de los primeros pensadores que reflexiona sobre la importancia de azar y la suerte en la política, algo que puede hacer fracasar la estrategia más elaborada y un factor con el que los mejores gobernantes deben ser capaces de lidiar.
Más aún, en él también se puede apreciar una profunda reflexión acerca de la naturaleza humana en el terreno psicológico, que le permite elaborar una suerte de perfil del cómo ser una gobernante exitoso (algo que no debe confundirse con “ser buen gobernante”).
Reflexiones que Maquiavelo profundiza en su otra gran obra de Teoría Política, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, donde estudia las diferentes formas de gobierno desde un punto de vista crítico, conceptos como los de ciudadanía, elección, pueblo, etc., sobre los que todavía seguimos reflexionando. Es en esta obra en la que Maquiavelo apuesta por el republicano como el sistema de gobierno más conveniente a las sociedades de su tiempo, pues su profundo análisis de los sistemas autoritarios y monárquicos, que demuestra claramente en El príncipe, le permitió detectar sus problemas.
Finalizamos esta parte sin pretender llevar a cabo una disculpa o recuperación de Maquiavelo, sino invitando al lector a superar esa leyenda negra construida en torno a él y ver más allá de lo que se dice en El príncipe.
Teoría Política Liberal: breve presentación
Partiendo del ejemplo pionero ofrecido por Maquiavelo, surgieron nuevas propuestas de aproximación a la vida política en las que se fueron desarrollando y perfeccionando los elementos mencionados anteriormente hasta llegar a constituir, en el pensamiento de Thomas Hobbes (1588-1679), lo que podríamos considerar la disciplina de la Teoría Política en su forma canónica
Eludiremos aquí el debate, que genera muchísimas pasiones, sobre si el creador de la Teoría Política fue Maquiavelo o Hobbes, por considerar que distrae el foco de nuestra reflexión. La sociedad y los sistemas políticos observados por Maquiavelo no pueden ser entendidos como modernos; estaban en la transición entre dos épocas. Solo Hobbes pudo reflexionar desde un sistema político moderno propiamente dicho y, por tanto, dar origen a un planteamiento al que verdaderamente podemos denominar como Teoría Política. Que aparece recogido en dos de sus obras: El leviatán y el Tratado sobre el ciudadano (De cive).
Sin el ánimo de ser exhaustivos, el origen de la Teoría Política liberal se puede ubicar en el siglo XVII, precisamente asociado al pensamiento de Hobbes. En concreto, su reflexión en Teoría Política surge de la intención de resolver un problema político concreto. En el caso de Hobbes, no debe olvidarse que su pensamiento se ha desarrollado teniendo como contexto de referencia la Guerra Civil Inglesa (1642-1644) y las consecuencias que este hecho había generado para la convivencia social posterior.
Hobbes, quien había viajado por Europa continental y estado en contacto con algunos de los planteamientos fundamentales del movimiento ilustrado, especialmente los relacionados con el contrato social y una construcción consensuada, mediante el acuerdo de voluntades, de unas reglas de convivencia y comportamiento colectivo dentro de la vida política. Las cuales incorporo a su pensamiento con el objetivo de solucionar el problema de construir una convivencia política adecuada y prevenir que se produzcan conflictos como el caso de la Guerra Civil Inglesa.
Posteriormente, y en un proceso que no estuvo exento de tensiones, estas ideas evolucionaron en el marco de discusiones con otros planteamientos posteriores (como los de John Locke, David Hume, Adam Smith, John Stuart Mill, etc.), que también se encontraban en el espectro teórico liberal. Dando lugar a la construcción de manera orgánica de lo que hemos definido como la teoría política liberal clásica, que pasaremos a esbozar a continuación de manera rápida.
En términos generales, la Teoría Política Liberal clásica, que se desarrolló entre los siglos XVII y XIX, se construye sobre los principios teóricos que aporta la filosofía y el pensamiento liberal surgido en esa época. Siendo su punto de partida y núcleo central la reivindicación del papel del individuo como sujeto de actuación en el marco de la política, capaz de valorar racionalmente las situaciones y tomar con base una serie de valores la conveniencia de realizar ciertas actuaciones.
Este agente político individual racional, al que por comodidad denominaremos a partir de ahora como Individuo, cuenta desde el punto de vista del pensamiento liberal con una serie de derechos naturales, que le son inherentes por su propia existencia, derechos que pertenecen al individuo por su propia naturaleza y que no dependen de ningún agente o entidad externa, incluido el Estado. En líneas generales, el liberalismo considera que tales derechos naturales son la vida, la libertad y la propiedad.
El pensamiento liberal considera que cualquier acción o decisión que pretenda considerarse adecuada desde el punto de vista normativo no puede afectar negativamente a estos derechos. Respetarlos y promoverlos se convierte en el elemento que define si una acción es ética o no.
En lo que atañe al diseño de las instituciones de convivencia social y toma de decisión política, tanto sus formas como sus procedimientos deben garantizar la protección de estos derechos naturales. El ámbito de ejercicio de tales derechos que tiene un individuo es todo lo amplio que él considere, pero sin llegar a perjudicar el ejercicio de esos derechos por parte de estos individuos. El Estado y las instituciones sociales se convierten en un árbitro que prevenga que se den dichos conflictos y mediar cuando se produzcan.
En este escenario, el funcionamiento de los sistemas políticos está regido por principios como:
- Igualdad jurídica. Según el cual todos los individuos deben ser tratados como iguales en su interacción con las instituciones sociales y políticas.
- Principio de participación política. A partir del cual se plantea que los individuos que integran la sociedad, a los que en este momento ya debemos denominar “ciudadanos”, deben disponer de un mecanismo de participación en los espacios de toma de decisión que puedan afectar al funcionamiento del grupo y la protección de sus derechos.
- Consentimiento de los gobernados. En virtud del cual los individuos afectados por las decisiones que tomen las instituciones deben haber manifestado, de una u otra forma, su conformidad con tales decisiones.
- Estado de Derecho. Las ideas, conceptos y principios planteados anteriormente sirven para restringir el ámbito de actuación y decisiones de las instituciones políticas y, en últimas, del Estado. Un nuevo modelo de Estado cuya actuación estaba limitada por las leyes, que tiene la obligación de defender los derechos naturales; que no puede hacer de manera discrecional lo que desee, como hacía el Estado Absoluto que había existido previamente. Desde el punto de vista liberal, el buen funcionamiento del sistema político obedece al interés de la sociedad vista desde los individuos
Elementos que, en confluencia con otros que no hemos mencionado, terminan cristalizando en la creación del modelo político de la democracia representativa moderna. Sobre el que reflexionó en su momento culminante el politólogo Robert A. Dahl en su conocido libro La democracia y sus críticos.
Tras el continuo ascenso y consolidación de la Teoría Política Liberal a lo largo del siglo XX, que llegó a su momento culmen en la década de 1990, cuando la caída de la URSS marcó el colapso de la Teoría Política Comunista, que se había presentado como la alternativa a la liberal. Algo que quedó reflejado en el optimismo plasmado por el politólogo Francis Fukuyama en su libro El fin de la historia y el último hombre (1992).
Pero tres décadas después, la realidad de la Teoría Política Liberal es muy diferente, marcada por una crisis profunda que ha llegado a poner en cuestión su continuidad. Algo que también aborda Fukuyama en su obra más reciente, El liberalismo y sus descontentos (2022).
Precisamente, comenzaremos nuestra próxima entrega describiendo esa crisis, la manera en qué afecta a los sistemas políticos actuales y las dinámicas a las que ha dado origen.


