El inconsciente y la complejidad social
En la anterior entrada de esta serie presentamos los límites que la excesiva dependencia del materialismo produce en la crítica social marxista. Derivados de una serie de puntos ciegos que la teoría no era capaz de abordar o explicar, porque no respondían al formalismo derivado de la lógica materialista.
En este punto surgió el psicoanálisis, como una investigación que llamaba la atención acerca de la relevancia que tenía en el comportamiento humano una serie de factores ocultos, denominados “el inconsciente”, que generalmente permanecen en lo profundo de nuestra mente y no suelen salir a la luz de una forma que podamos procesarlos adecuadamente. Tales elementos suelen producir que nuestro pensamiento o actuación no se correspondan con lo que cabría esperar en determinadas situaciones.
De esa forma la teoría de Freud nos ofrece una explicación de las causas irracionales (profundas) que explican comportamiento humano, plateado un enfoque integral de su estudio.
Pero el psicoanálisis no estaba limitado a comprender el comportamiento individual; el mismo Freud planteó en su conocido ensayo El malestar en la cultura que esta terapia tiene el potencial para comprender la dinámica de la convivencia colectiva. Una suerte de psicoanálisis de la sociedad que saca a la luz las causas ocultas de las diferentes dinámicas sociales.
La capacidad del psicoanálisis para explicar estos fundamentos ocultos de la dinámica social resultaba especialmente prometedora para complementar el planteamiento crítico marxista. Porque eran capaces de dar razón de aquellos puntos ciegos que el materialismo no era capaz de explicar.
La articulación de ambos planteamientos en un programa teórico común fue una de las principales líneas de reflexión de la primera Escuela de Frankfurt, también denominada Teoría Crítica de la Sociedad. Algo de lo que hablaremos con más detalle en los siguientes párrafos.
La Escuela de Frankfurt y su crítica de la Ilustración
No debería sorprender que fuera este grupo de intelectuales, adscritos al marxismo heterodoxo, los encargados de llevar a cabo esta articulación teórica debido a dos factores. En primer lugar, su trabajo previo había identificado también los límites de la lógica materialista en el pensamiento crítico marxista y, segundo, su apuesta por el desarrollo de un modelo de investigación interdisciplinar como el más adecuado para alcanzar una visión completa (integral) de las dinámicas que ocurren en las sociedades modernas.
Recomendamos al lector ir a alguna de las otras entradas de este blog, en las que hemos realizado una introducción al trabajo de este grupo de pensadores, sus principales propuestas, su evolución y su impacto en la teoría social contemporánea si se desea profundizar más acerca de su pensamiento.
Para los efectos de esta entrada, basta con recordar que la Escuela de Frankfurt surge en el año 1923, a partir de las reflexiones realizadas en el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt. Dicho centro de investigación tenía como objetivo aplicar los principios de la crítica social marxista al estudio de diversas problemáticas sociales. Dentro de sus miembros destacaban, entre otras, las figuras de Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse y Jürgen Habermas.
Uno de los proyectos de investigación seminales giraba en torno a una crítica de la Ilustración. Labor recogida en el libro Dialéctica de la Ilustración (1941-1944), escrito por Adorno y Horkheimer. Desde el que nos ofrecieron una visión profunda y pesimista del devenir de la modernidad.
Este libro buscaba responder a la pregunta: ¿por qué la humanidad, en vez de avanzar por el camino del progreso que ofrecía el proyecto ilustrado, se vio inmersa en un nuevo periodo de convulsión? Representado por la ascensión del fascismo y la barbarie de las dos guerras mundiales.
Para Adorno y Horkheimer, los ideales de la Ilustración habían sido tergiversados durante su evolución histórica; la razón ilustrada no había llegado a desarrollarse plenamente como una energía liberadora, sino que había adquirido una nueva dimensión, como razón instrumental” definida por el cálculo mecánico y la dominación utilitaria de la naturaleza.
Proceso que afectaba igualmente al ser humano, que se había convertido en otro objeto de la naturaleza y, por tanto, sujeto a la misma lógica de dominación que se aplicaba a los animales y el resto de recursos.
Desde este punto de vista, la Ilustración ha pasado a estar definida por un tipo de racionalidad científica y técnica que no ha sido capaz de dirigir al ser humano hacia un proceso de emancipación. Por el contrario, se ha convertido en un mecanismo de control altamente eficaz que ha sumido a la humanidad en una era de dominación totalitaria.
A través de una reinterpretación del mito homérico de Ulises, el libro muestra la forma en que se despliega la razón instrumental en el marco de la sociedad: sacrificando la emotividad y espontaneidad del ser humano frente al pragmatismo que requiere el control de la naturaleza.
Lo que da lugar al desarrollo de la técnica avanzada, la tecnología y los procesos de industrialización que caracterizaron las diferentes dimensiones de la realidad de comienzos del siglo XX.
Punto en el que podemos apreciar una primera incorporación de las ideas freudianas sobre la represión, aunque formuladas con un lenguaje propio de la filosofía y las ciencias sociales.
El punto culminante de este proceso de dominación desplegado por la razón instrumental, según estos autores, es la resignificación de la cultura y su papel en el marco de la sociedad.
Adorno y Horkheimer sostenían que las elaboraciones artísticas y culturales de la época (el cine, la música, los programas de televisión, etc.) ya no promovían la catarsis en el público que lo observaba o escuchaba, como hacían las obras clásicas, sino que se habían convertido en mero entretenimiento destinado a ocupar el tiempo libre de los individuos.
Su elaboración deja de ser artesanal y se incorpora dentro del ciclo de producción capitalista, similar al proceso de producción industrial. De esta manera, las elaboraciones culturales se convierten en productos que pueden elaborarse de forma masiva. Dando lugar al concepto de industria cultural, que permite establecer esta nueva naturaleza.
Desde este punto de vista, Adorno y Horkheimer denuncian que la industria cultural se convierte en una nueva herramienta de dominación social, que resulta mucho más eficaz debido a lo sutil de su funcionamiento y la aceptación social de la misma. Planteando por primera vez una reflexión acerca del papel del arte y la cultura en el desarrollo de las problemáticas sociales.
En resumen, Dialéctica de la Ilustración plantea que la historia moderna debe ser reinterpretada como un proceso de “autodestrucción de la Ilustración”, marcado por la traición a sus propios ideales y su transformación en algo contradictorio a los mismos. Proceso en el que surgen nuevas formas de dominio que resultan mucho más preocupantes que las experimentadas previamente. Debido a que el desarrollo de la razón instrumental le otorga un grado de eficacia muy superior al que habían podido desarrollarse previamente.
Con esta obra, Adorno y Horkheimer advierten sobre los peligros derivados de una racionalidad descontrolada, que opera de forma independiente con respecto a la ética o a cualquier reflexión crítica. Mensaje que, pese al tiempo transcurrido, mantiene toda su vigencia.
Relectura de Freud para revivir el sueño de la Ilustración
Un paso más avanzado en el desarrollo de esta simbiosis entre la crítica social marxista y el psicoanálisis freudiano lo encontramos en la reflexión del filósofo alemán Herbert Marcuse, quien también formó parte de la 1.ª Escuela de Frankfurt. Aunque las ideas de Freud son elementos recurrentes dentro del pensamiento de Marcuse, la obra que nos muestra mejor la articulación entre la crítica social marxista y el psicoanálisis es un ensayo publicado en 1955, titulado Eros y civilización.
Partiendo de los diagnósticos formulados previamente por el binomio Adorno-Horkheimer y Freud, Marcuse considera que las sociedades modernas se han convertido en instrumentos de represión de los instintos humanos. Pero, desde su punto de vista, la represión que se aplica es mayor que la estrictamente necesaria para garantizar la convivencia colectiva.
Aquí conviene aclarar que Marcuse, al igual que Freud, es consciente de que para vivir en comunidad los seres humanos deben renunciar a la satisfacción libre de sus deseos e impulsos. Es decir, no podemos excluir la represión de la vida social. Su crítica apunta a que la sociedad moderna ejerce más represión de la que sería necesaria para cumplir con este objetivo, lo que genera una serie de problemáticas personales y sociales.
Este exceso de represión se denomina “represión sobrante”. Marcuse lo define como el conjunto de restricciones derivadas de la lógica económica que domina en las sociedades capitalistas avanzadas.
En este escenario, el valor de las personas se mide a partir de su productividad y utilidad económica. Las actividades humanas, como el trabajo, se convierten en experiencias alienantes (en los términos formulados en la quinta entrada de esta serie). Mientras otras dimensiones de la naturaleza humana, como la afectiva o la emotiva, se vuelven irrelevantes.
Todo lo que no pueda inscribirse dentro de esa lógica de producción económica capitalista, pasa a ocupar un segundo plano. Razón por la que el individuo se transforma en un mero instrumento dentro de un engranaje mayor, perdiendo toda su individualidad y características personales. Situación muy parecida a la que refleja la conocida película de Chaplin Tiempos Modernos.
En este punto de su reflexión, Marcuse logra articular las tres críticas de las que hemos venido hablando: la crítica marxista al sistema de producción capitalista, la crítica de la Escuela de Frankfurt a la Ilustración y la crítica freudiana a la represión de los instintos.
Al contrario del pesimismo que apreciamos en la obra de Adorno y Horkheimer, Marcuse busca ofrecer una solución a las problemáticas presentes en las sociedades capitalistas avanzadas. Marcuse espera alcanzar este objetivo a través de la reformulación del concepto freudiano de Eros.
Freud define este concepto como un impulso de vida vinculado a la energía sexual. Pero Marcuse plantea que tiene un significado más amplio; lo presenta como un impulso que tiende al placer, la creatividad, el juego, el amor y la realización humana. La importancia de este impulso es que él no obedece, de manera natural, a la lógica de la producción económica capitalista.
Marcuse sostiene que el mismo desarrollo de la sociedad industrial capitalista puede facilitar que se cultiven estos impulsos positivos. Pues la eficiencia de procesos que ofrecen los avances científicos y tecnológicos hace posible que se reduzcan las jornadas laborales, que los seres humanos dejen de realizar las labores extenuantes y reorganizar la estructura social en base a los principios de creatividad y solidaridad.
En este punto de su reflexión, Marcuse destaca el papel del arte, la cultura, la imaginación y la utopía. Considera que son los elementos que nos permiten acceder a otras dimensiones humanas, en las que existe una percepción alternativa de la realidad donde la lógica económica no tiene un papel preponderante.
Esta idea supone, a la larga, que el arte y la cultura alcanzan una dimensión verdaderamente revolucionaria. Es decir, que se puede generar un cambio social y una revolución desde el ámbito de la cultura. Separándose de la interpretación planteada por Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, explicada más arriba.
Pese al debate teórico derivado del choque entre ambas visiones, la idea de Marcuse, según la cual era posible alcanzar un nuevo tipo de arte que no puede reducirse a entretenimiento y tenga carácter revolucionario, tuvo una gran influencia en los movimientos contraculturales que se desarrollaron durante las décadas de 1960 y 1970.


