Tras aproximarnos, en nuestra anterior entrada, a las transformaciones culturales y de la estructura social que justifican afirmar que las sociedades de principios del siglo XXI eran sustancialmente diferentes de las que habíamos conocido durante la segunda mitad del siglo XX. Planteando igualmente que este nuevo tipo de sociedad, del cual formamos parte, no es algo que surgiera de manera espontánea o de improviso, sino que era la culminación de un proceso cuyo origen podíamos rastrear hasta finales de la década de 1970. Momento en el que la expectativa de bienestar y crecimiento generalizado que habían generado las sociedades de posguerra, tanto las capitalistas como las socialistas y las comunistas, empezaba a resquebrajarse ante la ciudadanía.
En otras palabras, el momento en que la idea de progreso, esa promesa que definió la Modernidad y en la que fundamentaba su legitimidad, empezó a ser percibida como una vana ilusión que no estaría al alcance de todos los miembros de la sociedad.
Dicho proceso de desencantamiento respecto a los ideales de la modernidad, que dio origen a lo que se ha denominado con la etiqueta “sociedades posmodernas” (también llamadas tardomodernas), ha sido especialmente visible en lo relativo a nuestra relación con la cultura y a la forma en la que se ha reconfigurado la estructura de la sociedad. Pero no se ha circunscrito a dichos ámbitos; también ha tenido un importante impacto en el ámbito de la dinámica económica y en el funcionamiento de los sistemas políticos.
Aspectos sobre los que reflexionaremos en la presente entrada, siguiendo una vez más el diagnóstico realizado por el sociólogo alemán Andreas Reckwitz en su libro El fin de las ilusiones. Política, economía, cultura en la Modernidad tardía (Nola Editores, 2022). Obra que concluye enlazando estas transformaciones, o más bien las problemáticas asociadas a ellas, con la crisis que experimentan actualmente los sistemas políticos democráticos de inspiración liberal.
Sombras de la abundancia. El capitalismo posindustrial y sus paradojas
Con respecto a lo económico, en las sociedades de finales del siglo XX y de comienzos del siglo XXI se aprecia la emergencia y consolidación de un nuevo modelo de capitalismo, que poco tiene que ver con el de las décadas anteriores. Un tipo de capitalismo en el que los procesos industriales no ocupan el papel central que habían desempeñado a lo largo de su historia previa y en el que gana papel protagónico un nuevo tipo de bienes, con un carácter más abstracto y etéreo, que redefinen la relación del consumidor con los productos.
Conviene aclarar que esto no implica la desaparición del modelo tradicional de producción industrial; de hecho, si nos atenemos a las estadísticas, este tipo de producción nunca había sido tan numeroso. Lo que se quiere señalar es que el papel de estas fábricas, o industrias, dentro del funcionamiento del sistema económico ya no es el mismo, provocando que todas las personas, procesos y demás elementos vinculados con ellas tuvieran que replantear su posición.
Enlazando con lo explicado en la entrada anterior, tales industrias se convirtieron en el punto sobre el que se desarrollaron ciudades y regiones enteras. No solo dando trabajo a sus habitantes, sino también implicándose, cuando no promoviendo, en diferentes iniciativas que de una u otra manera contribuían a mejorar la vida en los lugares donde estaban instaladas. En aspectos tan diversos como el cultural, el deportivo, el educativo, etc.
El modelo de capitalismo industrial europeo y norteamericano, surgido tras el final de la Segunda Guerra Mundial, fue el motor y el soporte económico que permitió el crecimiento de la clase media de la segunda mitad del siglo XX. Dando el sustento necesario para toda esa estructura social descrita anteriormente.
Cuando a finales de la década de 1980 se hizo evidente que el socialismo de Estado, inspirado en el comunismo, estaba perdiendo la lucha económica con el capitalismo occidental, eminentemente de carácter industrial, pocos hubieran anticipado que la victoria definitiva vendría acompañada de su propia crisis.
Precisamente en aquel momento histórico, finales de la década de 1980 e inicios de la de 1990, se dieron tres condiciones que generaron la emergencia de un nuevo tipo de capitalismo, de naturaleza posindustrial:
- La globalización. Que permitió la interconexión entre los distintos mercados y el desarrollo de procesos productivos a escala transnacional, facilitando la redistribución de las diversas partes del proceso de elaboración de los productos en diferentes locaciones. Pero también, siendo este un aspecto poco mencionado, contribuyó a promocionar el estilo de vida cosmopolita como una posibilidad de autorrealización personal.
- El neoliberalismo. Que planteó una versión más competitiva de las lógicas del sistema capitalista y del modelo individualista liberal, que terminó convirtiendo a las diferentes naciones en sistemas competitivos schumpeterianos. Dando lugar a nuevas herramientas de competencia, entre ellas.
- La financiarización. Que trastocó las lógicas al interior de las industrias a través de dos elementos. El primero de ellos fue el capitalismo del mercado financiero a través de los fondos de inversión que entraban a formar parte del accionariado de las empresas, cuyo interés solía estar más enfocado en la rentabilidad para el accionista a corto plazo que en la proyección del producto o la empresa al largo plazo. El segundo de ellos era la capacidad de endeudamiento, que permitía financiar los gastos del presente con deuda que solo estaba sostenida en el futuro, gracias a la expectativa de próximas ganancias.
Siguiendo los planteamientos del economista Peter Drucker al respecto, Reckwitz denomina a esta nueva fase como de “economía posindustrial”, destacando que en ella la producción de los bienes industriales tradicionales, que alimentaban la dinámica de estandarización de las sociedades industriales, pierde importancia frente a un nuevo tipo de bienes a los que se denomina “cognitivo-culturales“.
Peter Drucker fue uno de los pioneros en reflexionar sobre la forma en que nuestra relación con el conocimiento y la información podía influir en la sociedad. Décadas antes, en obras como La era de la discontinuidad (1969), Tecnología, gerencia y sociedad (1970) o Gestionar en tiempos turbulentos (1980), había llamado la atención sobre el impacto del conocimiento, la capacidad de innovación, el espíritu emprendedor y la velocidad a la que se sucedían los adelantos tecnológicos, entre otros factores, sobre la evolución de la dinámica económica del capitalismo industrial.
Desde su análisis, siendo esta una idea que recupera Reckwitz, la economía posindustrial es definida como “una estructura que produce ‘conocimiento a través del conocimiento’, pues se trata de bienes cognitivos que presuponen un trabajo cognitivo, convirtiendo el conocimiento en la fuerza central de la innovación y la creación de valor” (pp. 129-130). En esta nueva fase de desarrollo del capitalismo, el mayor valor se encuentra en la producción de este tipo de bienes que presuponen un gran trabajo cognitivo previo; por ejemplo, las patentes, los algoritmos, las fórmulas, etc.
Este tipo de bienes, además de las características señaladas anteriormente (su carácter abstracto y en cierta medida etéreo), cuenta con un mayor grado de complejidad en su elaboración, pues su proceso de elaboración no se puede estandarizar fácilmente, por lo que tienden a adquirir un cierto carácter singular. De hecho, esta singularidad, el poseer una innovación que no posee la competencia, es lo que le otorga su mayor valor.
Además de esto, su desarrollo implica una importante inversión cuyos resultados no siempre están garantizados. Los proyectos pueden fracasar porque no se alcanzan los resultados esperados, no se cumplen con las expectativas originales o, incluso, porque no llegan a implementarse en la práctica pese a que cumplen con los aspectos anteriores.
La elaboración de este tipo de bienes, cognitivo-culturales, implica asumir un mayor nivel de incertidumbre y riesgo.


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