Hacia una sociología de la posmodernidad

En la anterior entrada de esta serie repasamos las propuestas planteadas por el filósofo francés Jean-François Lyotard acerca de la posmodernidad. Ofreciéndonos un acercamiento a este concepto complejo y con múltiples derivadas semánticas, algunas de las cuales tienden a entrar en conflicto. Anticipando una de las causas que explica el alto grado de inestabilidad que podemos identificar en la época posmoderna

Una vez presentadas estas ideas básicas, en esta entrada buscamos exponer la forma en que estas características han influido en el desarrollo de las formas y los modelos de convivencia colectiva. Es decir, presentar la derivada social que ha tenido la consolidación de la posmodernidad.

Desde nuestro punto de vista, resulta necesario hacer estas distinciones, porque, al ser la posmodernidad un fenómeno con diversas aristas y múltiples dimensiones, se tienden a entremezclar los aspectos culturales, los filosóficos, los sociológicos, los políticos, etc., contribuyendo a aumentar la confusión de un escenario de reflexión que de por sí es muy exigente para el analista social.

Las sociedades posmodernas (término que podemos considerar equivalente a los de modernidad tardía o de modernidad posindustrial) se caracterizan por contar con una especial relación con la dimensión cultural (algo había adelantado Lyotard), acompañada por una transformación de la estructura social, mediante el surgimiento de nuevas clases sociales que reemplazan las existentes y redefinen sus formas de interacción entre ellas. Finalmente, sus integrantes subordinan su dimensión colectiva a su autorrealización, definida por el hecho de disfrutar de experiencias singulares.

Cada uno de estos aspectos implica una distinción respecto al funcionamiento de las sociedades de mediados del siglo XX, pero cada uno de ellos trae aparejadas paradojas que explican el carácter problemático de la posmodernidad. Son igualmente la fuente de la crisis social y política de la que somos testigos en la actualidad.

En este punto queremos rescatar uno de los planteamientos más originales que nos ofrece la sociología actual. El cual está precisamente enfocado a comprender la naturaleza de las sociedades posmodernas en la segunda década del siglo XXI, y explicar la naturaleza de crisis que experimenta actualmente.

Hablamos de las ideas propuestas por el sociólogo alemán Andreas Reckwitz, figura destacada dentro de esta generación de pensadores sociales germanos, que reflexiona sobre estos temas en obras como El fin de las ilusiones: política, economía y cultura en la modernidad tardía (2022), La sociedad de las singularidades: una teoría de la modernidad tardía (2026) y Tardomodernidad en crisis. Por un horizonte social alternativo (2022), que firma junto a otro destacado sociólogo alemán llamado Hartmut Rosa (el representante más conocido de la actual generación de la Escuela de Frankfurt).

En su reflexión, especialmente la que desarrolla en El fin de las ilusiones: política, economía y cultura en la modernidad tardía (2022), hace un recorrido por cada uno de estos elementos ofreciendo un marco teórico de referencia bastante completo para entender las sociedades de esta nueva época.

Recorrido teórico que reproduciremos  a continuación.

De la racionalización a la culturalización

Antes de comenzar con el texto, consideramos conveniente realizar la siguiente precisión terminológica: en su obra, Andreas Reckwitz no suele utilizar el término posmodernidad, sino el de “modernidad tardía”; ello obedece a una serie de matices inherentes a su pensamiento que no son relevantes para los propósitos de este escrito.

Razón por la que utilizaremos los que consideramos sinónimos y utilizaremos el término posmodernidad y sus derivados, que ya hemos estado utilizando en las entradas anteriores. Si en algún momento se hace necesario recuperar esta distinción, indicaremos de forma explícita este hecho y sus razones.

Una vez hecha esta aclaración, podemos plantear la tesis central de Reckwitz: que el elemento central a la hora de entender la posmodernidad es el Cultura.

Desde su análisis, la cultura se convierte en el elementos que busca articular y coordinar el resto de las dimensiones que forman parte de la sociedad posmoderna.

En este modelo de organización social, todo, de una u otra manera, termina teniendo relación con el aspecto cultural. Desde la cultura se asigna valor, valoriza el resto de las dimensiones sociales a partir de su relación con la cultura. Una actuación o idea política que reivindique o refuerce la identidad cultural es considerada positiva (se valora), mientras que la que no lo hace es censurable (se devalúa). La misma dinámica se aplica a la ciencia, a la educación, al derecho, etc.

Este es un proceso similar al experimentado por la modernidad temprana, en los siglos XVII y XIX, cuando, siguiendo las ideas de la Ilustración, convirtió a la dimensión racional como el elemento central del nuevo modelo de sociedad que estaba promoviendo. Un modelo de sociedad construido a partir de ideales racionalistas, del que hemos hablado en anteriores entradas de este blog.

Si la modernidad temprana se caracterizó por su proceso de racionalización, la posmodernidad lo hace por su proceso de culturalización, mediante el cual aspira a construir un modelo de sociedad basado en su identidad cultural.

Proyecto de gran complejidad y paradójico, cuyas problemáticas empezamos a comprender a medida que avanzamos con la reflexión de Reckwitz.

A diferencia del proceso de racionalización, cuya naturaleza es más bien lineal, el proceso de culturalización es en sí mismo problemático, porque se realiza mediante dos dinámicas que son, a priori, incompatibles entre sí y tienden a entrar en conflicto.

A la primera de estas formas o dinámicas de culturización se la denomina hipercultura. Se la describe como una especie de globalismo desde el que se asigna valor a las diferentes manifestaciones culturales que existen a lo largo del mundo y se crea la expectativa de una posible autorrealización personal derivada del haber estado en contacto con ellas. Fenómenos que podemos identificar en los diferentes influencers de viajes, que ponen en valor la cultura de las zonas que visitan, aunque su conocimiento de las mismas suele ser superficial y poco reflexivo. No obstante, permite reivindicar el carácter culturalmente abierto y cosmopolita de quien los expone.

La hipercultura, según el análisis de este sociólogo, es un subproducto de la dinámica de consolidación de una nueva clase media transnacional cuyas aspiraciones de autorrealización se enfocan hacia una alta movilidad geográfica, capacidad para viajar y presentar estas excusas a través de las redes sociales. Alcanzando la utopía soñada de finales de la década de 1990: un mundo sin fronteras, cada vez más interconectado y dispuesto a proporcionar experiencias a todo el que las quisiera disfrutar. El culmen del proyecto del Fukuyama que escribió El fin de la historia.

Pero el proceso de culturalización no solo avanza por la vía de la hipercultura; Reckwitz observa que, paralelo a ella, se desarrolla una vía alternativa con la que de manera ineludible terminará entrando en conflicto.

A esta segunda vía la denomina esencialismo cultural. Surge como una respuesta a la hipercultura y su espíritu cosmopolita. Desde ella se reafirma la identidad de un colectivo o un grupo determinado, reivindicando los elementos propios de su cultura frente a lo que ellos consideran profano, las manifestaciones culturales que tienen otros colectivos diferentes, así como al ideal cosmopolita, que consideran una amenaza para su propia identidad cultural.

Estos grupos, denominados neocomunidades, suelen estar conformados por individuos que se adscriben a ellos de manera voluntaria, gracias a elementos compartidos por ellos. No obedecen a los criterios tradicionales como la etnia, el origen, la posición social o el trabajo que desempeñan. Aquí el criterio de pertenencia es más abierto y arbitrario, dotándolos de una naturaleza más bien fluida e inestable.

Pese a ello, podemos encontrar un punto de coincidencia en el hecho de que todas estas neocomunidades, de una u otra manera, pueden considerarse perdedoras o perjudicadas de la dinámica cosmopolita posmoderna. Recurriendo a su identidad cultural como el elemento que les permite confrontarla.

Dentro del catálogo de estas neocomunidades, que puede llegar a ser extenso, podemos encontrar a los colectivos rurales, trabajadores desempleados, inmigrantes, colectivos considerados vulnerables, etc. Como se ha dicho antes, el criterio que define a una neocomunidad no es único, sino que existen muchas posibilidades, razón por la que no se llega a construir una conciencia colectiva de la que puedan participar los diferentes grupos.

Esta naturaleza contradictoria del proceso de culturalización, la convivencia en su interior de dos formas incompatibles de entender la relación entre la cultura y la sociedad, es la causa del alto grado de inestabilidad que experimentan esas sociedades y el catalizador para los continuos estallidos sociales. Todos ellos vinculados, de una o otra forma con cierta idea de cultura.

Nueva estructura social posmoderna

El proceso de culturalización se encuentra fuertemente interrelacionado con un cambio significativo en la estructura de la sociedad, su modelo de organización y la relación entre sus componentes. Las sociedades posmodernas tienen una estructura dividida en tres clases.

Una nueva clase media, compuesta por profesionales universitarios que suelen trabajar en campos emergentes muy cualificados (relacionados con el sector tecnológico y la economía del conocimiento), que disfrutan de todos los beneficios del estilo de vida cosmopolita, tienen un alto poder adquisitivo, pero su nivel de exigencia laboral llega a ser superior al que se había experimentado previamente, debido a que los segmentos en que trabajan son altamente competitivos. Experimenta una dinámica de ascenso, pero debido a su carácter competitivo. Se encuentra en proceso de expansión, aunque se sabe que por su naturaleza competitiva llegará a un punto en el que no crecerá más.

La clase media tradicional, heredada de la modernidad industrial de mediados del siglo XX. Está integrada sobre todo por funcionarios, profesionales liberales de los campos tradicionales, algunos empleados de industrias que todavía conservan el empleo. En general, está integrada por aquellos estamentos económicos relevantes para el modelo de producción industrial de mediados del siglo XX, los que lograron ascender socialmente gracias a su trabajo manual. Como hemos visto en entradas anteriores, esta clase social fue central en el desarrollo del Estado de Bienestar y por eso se convirtió en la que mayor crecimiento experimentó durante mediados del siglo XX.

En la nueva estructura social posmoderna, este grupo ha perdido ese carácter central y se encuentra en proceso de estancamiento, sin posibilidades de ascenso. Logra mantener su estatus en condiciones cada vez más límites y se encuentra en un proceso de merma que terminará conduciendo a su desaparición. Termina convirtiéndose en un elemento nostálgico, un recuerdo de otra época que lucha por mantenerse en pie.

Clase precaria: Es una nueva clase social que emerge en esta época y que no puede identificarse con las clases bajas de la época anterior, al estar integrada por colectivos más heterogéneos (trabajadores desempleados, beneficiarios de ayudas sociales, inmigrantes y otros colectivos que no han conseguido encajar en la nueva economía del conocimiento). A diferencia de la clase media de la modernidad industrial, este colectivo no goza de derechos sociales reconocidos; sus condiciones de vida empeoran cada vez más y no cuentan con ninguna perspectiva de progreso, simplemente sobreviven un día tras otro.

Debido a la heterogeneidad de su composición, los miembros de este grupo no llegan a desarrollar una conciencia de clase en el sentido marxista. Por lo que no se espera que lleguen a convertirse en un sujeto político asimilado a lo que fue el proletariado en los siglos XIX y XX. En realidad, es una especie de cajón de sastre donde cae todo el que no puede adaptarse a la nueva dinámica económica y social. Por lo que resulta difícil hacer una descripción exacta de ella.

Existe una cuarta clase social en esta estructura, los superricos, que se encuentran en el lugar más alto de la estructura económica, representando el 0,01% de la misma, pero Reckwitz lo deja de lado en esta parte del análisis porque sus características sociales son bastante parecidas a las de la nueva clase media. En términos sociales, se convierten en el modelo aspiracional al que apuntan; en términos económicos, los otros colectivos. Pero su dinámica de vida los mantiene aislados de las otras clases sociales, en burbujas creadas gracias a su capacidad económica. Siendo su interacción con las demás clases más bien limitada.

Sociedad de las aspiraciones

Contrario a lo que ocurría en las fases previas de la modernidad, en las que existía un camino claro para ascender a través de la estructura social. En la sociedad posmoderna, ese camino no existe, o por definición no está abierto a todo el mundo. Enterrando definitivamente la idea de progreso sobre la que se construyó la modernidad y gran parte de las sociedades occidentales.

En su remplazo, la posmodernidad ofrece una idea más ambigua de autorrealización, que es definida y planteada por el propio sujeto desde su esfera individual, ajeno a cualquier elemento de carácter colectivo. Es así como surgen todos esos modelos aspiracionales que circulan por las redes sociales, los cuales plantean una suerte de autorrealización a la carta:

“Si no se puede encontrar la autorrealización hospedándome en el mejor hotel de un destino paradisíaco, como hace el influencer al que sigo en Instagram, puedo hacerlo aumentando el número de mis seguidores o con cualquier otra cosa que alimente mi ego”.

Se acabó la época en que había una serie de criterios objetivos para definir el éxito (tener un trabajo fijo, casa propia, familia, un vehículo, etc.); en la posmodernidad lo que nos encontramos son múltiples posibilidades de autorrealización que escogemos en la medida de nuestros gustos y posibilidades.

De esta manera hemos comprobado la forma en que se concreta en el ámbito social el relativismo que había perfilado en el terreno teórico la filosofía de Lyotard. También nos ha permitido apreciar el carácter contradictorio de la posmodernidad, originado en las múltiples tensiones que tiene a su base.

Naturaleza problemática que se hará mas evidente a la hora de abordar como los expuesto hasta ahora interactúa con las dimensiones económica y política de las posmodernidad. Donde  se aprecia de forma integral la crisis actual. Sobre lo que tratará nuestra siguiente entrega.

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