Nos complace presentar una colaboración especial de Beatriz Arregui García, becaria Sicómoro en el WWCS 2026.
Graduada en Física por la Universidad Complutense de Madrid en la especialidad de Física Fundamental, Beatriz cuenta con una sólida trayectoria internacional. Durante su etapa académica, se formó en la Università degli Studi di Trieste y colaboró con el prestigioso Centro Internacional de Física Teórica (ICTP), especializándose en modelos estocásticos y sistemas interactivos aplicados a las finanzas. Posteriormente, consolidó su especialización cursando el prestigioso Máster en Física de Sistemas Complejos en París, impartido de forma conjunta por Sorbonne Université, Paris-Sud Saclay y la Université de Paris.
Los intereses de investigación de Beatriz se centran en desentrañar el funcionamiento de los sistemas sociales y ecológicos, abordándolos desde la perspectiva de las redes complejas y los modelos basados en agentes.
La política no ocurre en un único lugar ni en un único nivel. Las decisiones que dan forma a nuestras sociedades emergen de la interacción entre múltiples actores, instituciones y escalas de organización. En ese sentido, la política europea constituye uno de los ejemplos más ricos y complejos que podemos encontrar: un sistema multiescala donde las dinámicas internas de cada país coexisten, se superponen y a veces colisionan con un marco institucional común.
¿Cómo se traduce la política nacional al ámbito europeo? ¿Los partidos votan de la misma manera en Bruselas que en sus propios parlamentos? Estas preguntas, que parecen sencillas, esconden una complejidad fascinante cuando se abordan con las herramientas de la ciencia de sistemas complejos.
Sistemas complejos y comportamiento colectivo
Antes de entrar en la política europea, vale la pena preguntarse: ¿qué hace que un sistema sea “complejo”? Un sistema complejo no es simplemente uno que tiene muchas partes. Lo que lo define es que las interacciones entre sus componentes generan comportamientos colectivos que no pueden predecirse a partir del comportamiento individual de cada pieza por separado. Una bandada de pájaros, un mercado financiero, un cerebro: en todos ellos, el todo es cualitativamente distinto de la suma de sus partes.
La política no es una excepción. Desde la sociofísica, disciplina que aplica modelos físicos y matemáticos al estudio de fenómenos sociales, se han desarrollado herramientas para estudiar cómo las opiniones se forman, se propagan y se estabilizan en poblaciones. El modelo de votantes (‘voter model’), por ejemplo, es uno de los modelos más sencillos e influyentes: cada individuo adopta la opinión de uno de sus vecinos de forma aleatoria, y el resultado colectivo puede ser consenso, polarización o coexistencia de opiniones, dependiendo de la estructura de la red social subyacente.
Las redes organizacionales añaden otra capa de complejidad. Los partidos políticos no son agentes individuales monolíticos: son organizaciones internas con jerarquías, facciones y dinámicas propias. Estudiar cómo esas estructuras internas se reflejan en el comportamiento legislativo observable, los votos, es uno de los retos más interesantes en la ciencia política computacional.
Lo que ya sabemos sobre el Parlamento Europeo
En los últimos años ha crecido el número de trabajos que estudian el Parlamento Europeo como sistema complejo. Uno de los más destacados analizó el comportamiento de voto y la actividad en Twitter de los eurodiputados durante la octava legislatura (2014–2019), encontrando que los grupos políticos más grandes —como el PPE, el S&D o los Verdes-ALE— presentan una alta cohesión interna tanto en sus votos como en sus interacciones en redes sociales. Los grupos más pequeños y de perfil más ideológico, en cambio, muestran patrones menos uniformes.
Estos estudios han aportado una imagen detallada de cómo funciona el Parlamento Europeo por dentro. Sin embargo, apenas se ha explorado una pregunta igualmente fundamental: ¿cómo se relaciona ese comportamiento europeo con lo que ocurre en los parlamentos nacionales? ¿Son los mismos partidos más o menos alineados en ambos niveles? ¿O la escala cambia radicalmente las dinámicas?
El reto de los datos
Responder a esas preguntas requiere datos. Y conseguirlos no es trivial.
En el caso del Parlamento Europeo, los registros de votación están centralizados y son relativamente accesibles. Pero a nivel nacional, la situación es muy diferente. En muchos países, la información sobre votaciones parlamentarias se publica únicamente en el idioma nacional. La disponibilidad de datos es muy desigual: en algunos casos solo existen registros para ciertos períodos; en otros, los datos están disponibles pero requieren técnicas avanzadas para ser recopilados, como el uso de APIs o procesos de ‘web scraping’.
Estas dificultades no son puramente técnicas. También reflejan diferencias institucionales profundas en transparencia y acceso a la información pública, lo que introduce sesgos potenciales en cualquier análisis comparativo. La infraestructura de datos es, ella misma, parte del sistema político.
Para este estudio se seleccionaron seis países con sistemas políticos y parlamentarios diversos: Alemania, Francia, Italia, Países Bajos, Polonia y Suecia. El análisis se centró en el año 2015, comparando el comportamiento de voto de los partidos a nivel nacional con el de sus representantes en el Parlamento Europeo.
La figura siguiente muestra la representación de cada país en el Parlamento Europeo, proporcional a su población:

Porcentaje de escaños en el Parlamento Europeo por país miembro.
Una métrica para medir la afinidad política
¿Cómo comparar el comportamiento de voto entre partidos? Para ello podemos utilizar una métrica, a la cual denominamos Alpha, sencilla pero informativa.
Para cada par de partidos, se midió el grado en que sus diputados votan de la misma manera en distintas propuestas legislativas. Esta medida toma valores entre −1 y 1:
– +1 → los diputados de un mismo partido votan siempre de forma idéntica
– −1 → los diputados de un mismo partido votan sistemáticamente en sentidos opuestos
– 0 → no existe un patrón claro
Esta métrica permite construir un mapa de afinidad política basado en comportamiento real, no en etiquetas ideológicas. Dos partidos pueden denominarse ambos “liberales” o “conservadores” y aun así votar de manera muy distinta. O, al revés, partidos con orígenes ideológicos diferentes pueden coincidir sistemáticamente en sus posiciones legislativas.
El resultado es una matriz de correlaciones entre partidos que puede visualizarse como una red o un mapa de calor, revelando las verdaderas coaliciones políticas más allá de las alianzas declaradas.
¿Qué encontramos?
Los resultados muestran una diversidad notable de comportamientos entre países, lo que sugiere que la relación entre política nacional y europea no sigue un patrón único, sino que depende fuertemente del contexto institucional y político de cada país.
Países Bajos presenta un alto grado de coherencia entre niveles: los partidos tienden a votar de forma consistente tanto en el Parlamento Europeo como en el parlamento nacional. La escala no parece alterar sustancialmente las alineaciones políticas.

Medida de cohesión Alpha entre partidos a nivel nacional y europeo en Países Bajos.
Francia muestra, en cambio, una desconexión notable: partidos que se alinean en el Parlamento Europeo no necesariamente lo hacen en la Asamblea Nacional, y viceversa. Las dinámicas de la política francesa parecen operar con lógicas distintas según el nivel institucional.

Italia destaca por valores cercanos a cero en ambas escalas, lo que sugiere menor cohesión general y mayor variabilidad en el comportamiento de voto. El sistema político italiano, con su tradición de alta fragmentación partidaria, deja su huella en ambos niveles de análisis.

Polonia presenta el patrón opuesto: fuerte alineación en el Parlamento Europeo pero mayor fragmentación a nivel nacional. Sus partidos parecen encontrar en el escenario europeo un terreno donde las posiciones se cristalizan con mayor claridad.

Suecia, al contrario que Polonia, muestra mayor cohesión en el parlamento nacional que en el europeo, lo que podría reflejar la mayor madurez y estabilidad del sistema de partidos sueco a nivel doméstico.
Alemania, por su parte, destaca por altos niveles de oposición entre partidos en el ámbito nacional, coherente con una tradición parlamentaria donde la competencia entre bloques está bien definida.
La cohesión interna de los partidos
La misma métrica permite analizar no solo las relaciones entre partidos, sino también la cohesión dentro de cada uno: hasta qué punto sus propios diputados votan de manera consistente entre sí.
Esta dimensión añade una capa importante al análisis. Un partido puede ser muy cohesivo internamente, todos sus miembros votan igual. o muy heterogéneo, con facciones que se comportan de manera diferente. Y esta cohesión puede variar según la escala: un partido puede ser muy disciplinado en su parlamento nacional pero mostrar mayor dispersión entre sus eurodiputados, o al revés.
Los resultados muestran que Francia, Alemania y Países Bajos presentan una alta cohesión interna en ambos niveles, que intuitivamente es lo esperado. Suecia muestra mayor cohesión a nivel nacional que europeo. Polonia presenta el patrón inverso. E Italia vuelve a destacar por una menor cohesión interna, indicando dinámicas partidistas más complejas o menor disciplina de voto.

Política europea como sistema complejo multiescala
¿Qué nos dicen estos resultados desde la perspectiva de los sistemas complejos?
En primer lugar, que la política europea no es simplemente la “suma” de las políticas nacionales. Las escalas no se traducen de manera simple: lo que ocurre en Berlín, París o Varsovia no se replica automáticamente en Bruselas. Existen transformaciones, filtros y dinámicas emergentes propias de cada nivel.
En segundo lugar, que la heterogeneidad entre países es una característica fundamental del sistema, no un ruido a eliminar. Los distintos patrones que observamos en Alemania, Italia o Polonia no son desviaciones de un modelo europeo ideal: son expresiones de la diversidad institucional y política que hace de la Unión Europea un sistema genuinamente complejo.
En tercer lugar, que las herramientas cuantitativas —redes, matrices de correlación, métricas de cohesión— permiten revelar estructuras que no son visibles a simple vista. La política tiene una geometría, y las técnicas de ciencia de datos nos permiten trazarla.
Explorar esa geometría a múltiples escalas es, quizás, uno de los retos más fascinantes que tiene ante sí la ciencia política del siglo XXI.
Créditos de la imagen del Parlamento Europeo: Jonas Horsch vía Pexels.


