El presente escrito se propone mostrar que la palabra —en tanto pensamiento exteriorizado y expresado materialmente— actúa como motor de la historia y como principio de inteligibilidad de toda comunidad intersubjetiva. La intención es mostrar que existe una cierta analogía o proporción entre el lugar que ocupa el intelecto en la constitución de la persona individual y el que ocupa el saber compartido, palabra externa mediante, en la configuración de la comunidad interpersonal. Trataremos, por tanto, de mostrar cómo, mediante la intelección de dicho saber común, es posible tomar como objeto de la filosofía a las comunidades humanas y su devenir. En otras palabras, es posible elaborar una filosofía de la historia realista.


